CELEBRAR EL JUBILEO DOMINICANO CON EL ESPÍRITU ECUMÉNICO

Javier Antonio Castellanos

Resumen


Introducción

 Las siguientes páginas nacen de un concreto contexto de vida, y se fijan una meta bien precisa. Deseo previamente entretanto aclarar esta realidad.

 a)     El contexto está representado en estos años de residencia en Bari, proceden-te de Colombia, viaje por motivos de estudios en septiembre de 2011. Vivir en una cotidianidad dividida entre estudio de una parte (cursos de teología patrística, historia del Oriente cristiano y de ecumenismo) en el Instituto de Teología ecuménica “San Nicola” (Bari); y por otro lado, contactos frecuentes con grupos de peregrinos de varias iglesias en particular.

 b)    Tener la posibilidad de vivir en el lugar donde reposan los restos de “San Nicolás de Mira” celebrando ritos sagrados y liturgias eucarísticas en una Basílica católica de rito latino, caso único en el mundo. En ningún otro con-vento o casa de la Orden Dominicana se vive habitualmente como en Bari este encuentro entre búsqueda ecuménica y ecumenismo práctico, entre estudio y vida hacia “Cristo”.

 c)     Esto me ha inducido a formularme estas preguntas: ¿Solo acá en Bari (o en otros centros especializados, como Istina, Friburgo, Atenas) es que la Orden y la familia dominicana son llamadas a interesarse y trabajar por la unidad de los creyentes en Cristo? ¿Es acaso un trabajo que recae solo sobre los “adep-tos los que trabajan” en campo ecuménico? El concilio Vaticano II «exhorta a todos los fieles católicos para que, reconociendo los signos de los tiempos, participen al impulso de la obra ecuménica» (decreto sobre el ecumenismo Unitatis redintegratio, 4) y hablando de «movimiento ecuménico» afirma, que todos los trabajos comprendidos bajo este nombre «con prudencia y confianza son cumplidos por los fieles de la Iglesia Católica» contribuyendo a «promover la equidad y la verdad» (ibid). Me pregunto entonces, con cada hijo de Domingo, con cual peculiar dimensión todos los miembros de la Orden – frailes, monjas, hermanas de la vida activa- además de los laicos de la «familia dominicana» 9 son llamados y requeridos a asumir tal tarea indicada del Concilio y siempre recalcado del Magisterio de la Iglesia, indicando la «tarea ecuménica» como la «vía de la Iglesia» (Encíclica Ut unum Sint de Juan Pablo II).

Considero que la respuesta viene no solamente indicando el ejemplo del fun-dador y de los santos que han heredado la pasión. Está también presente en las decisiones de la Orden expresada en sus capítulos generales. Una atenta lectura de las Actas de los Capítulos de la Orden especialmente aquellos cele-brados en tiempos recientes, de modo particular en este milenio, sucesivos al Concilio Vaticano II, encuentra no escasos y singulares apuntes, sino muchos claros y convergentes pronunciamientos relativos a la vocación ecuménica de todos nosotros los dominicos.

La aproximación a la celebración del Jubileo de la aprobación de la Orden de los Frailes predicadores (2016), representa una gran oportunidad para convocar la totalidad de nuestra familia a meditar sobre este punto. Fin último de las páginas que presentamos es: ofrecer el fruto ponderado y articulado de las afirmaciones «dispersas» acá y allá en las actas capitulares, a evidenciar con que modalidad todos los hijos de Domingo – y de aquellos empeñados en la enseñanza teológica a las monjas de clausura que viven en el silencio y en la oración su consagración a Cristo - comparten el llamado ardiente a la unidad florecida en el corazón y en los labios de su Salvador la vigilia de su pasión «Como tú, oh Padre estás en mí y yo en ti, sean también estos en nosotros una sola cosa, para que el mundo crea que tú me has salvado» ( Jn 17-21)

La Orden de Predicadores (Dominicos) fue instituida específicamente desde el inicio para la predicación y la salvación de las almas. 800 años después, el mundo en el que vivimos no es el mismo de aquel en el que ha vivido Santo Domingo; sin embargo, al mismo tiempo se encuentran interesantes analogías. El mundo actual se confronta ahora una vez más con la verdadera “opción fundamental” a la cual la Orden de Predicadores es llamada a responder haciendo revivir la intuición original de Santo Domingo: la Orden es concebida como una misión, una predicación sin fronteras, la misión de predicar a Cristo Resucitado para la salvación de la humanidad.

En este contexto nuestra opción radical en Cristo se hace también una “opción por el diálogo” señalada de claras convenciones: promoción de la libertad, actitud de diálogo, confianza en la inteligencia, cuidado a la humanidad de cada persona, esperanza en la comunión, respeto de cada uno en la búsqueda de la verdad.

Quisiera llevar a los lectores la idea propuesta por los últimos capítulos generales de este milenio que nos hablan del trabajo ecuménico dominicano. La realidad dominicana a nivel mundial ciertamente es diferente en los cinco continentes pero el carisma es único y única la Palabra a predicar: Cristo. Esta propuesta

como opción por el diálogo, gravedad y complejidad es tarea de los frailes que se empeñan en el diálogo ecuménico.

Ser testigos de la Verdad en Cristo significa que nos confiamos de la Revelación recibida de la Palabra de Dios. Al mismo tiempo debemos tener la humildad de aceptar la verdad de todo lado donde se encuentre sin excluir aquellos que tienen otra fe o ninguna, porque toda la verdad es de Cristo.

 La pasión por la Verdad define nuestro rol también en la Iglesia. Somos hijos e hijas de Domingo in medio Ecclesiae. Nuestra tarea por la unidad de la verdad en Cristo se ve en el cuidado que nosotros damos a la unidad del Orden en la Iglesia.

La Orden nace como familia y como tal pone acento sobre el carácter misionero y evangelizador de la Iglesia. Cada día en numerosas partes del mundo, la familia dominicana vive la experiencia de la predicación, con sus desafíos, miedos y es-peranzas; en la cotidianidad las monjas, los frailes, las hermanas y los laicos que pertenecen al nuestra Orden viven la experiencia ecuménica. Más allá de Kiev, Bari, Istina (París) nuestra predicación del anuncio del Evangelio nos concede la posibilidad de conocer aquellos que están fuera de la Iglesia Católica y que como nosotros quieren vivir en el ejemplo de Jesús.

Nosotros dominicos en las instituciones educativas, recibimos niños y jóvenes que provienen de familias históricamente pertenecientes a las diversas comuniones cristianas no católicas, que escogen y creen en nuestra visión educativa y escolar, como el más cercano a su sensibilidad religiosa. Debemos necesariamente acoger en nuestras instituciones educativas aquellos que han escogido una comunión diferente para vivir el mensaje cristiano.

 La pastoral educativa en nuestras escuelas secundarias, institutos y universidades es frecuentada por cristianos no católicos y no menos es el gran trabajo parro-quial que recibe tantas preguntas de parte de los feligreses. Desde esta óptica, leyendo las Actas de los últimos Capítulos Generales, podemos descubrir el “espíritu ecuménico” como el nuevo areópago o frontera al cual somos llamados, para caracterizar nuestro anuncio del Evangelio.

El ecumenismo como desafío.

 ¿Acaso está dividido Cristo? 1 Cor, 1-13.

 En la búsqueda de la unidad por los cristianos mediante el ecumenismo, nosotros tomamos parte de los pasos hechos a partir del Concilio Vaticano II, y de modo particular, bajo el pontificado de San Juan Pablo II. Igualmente, reconociendo las notables contribuciones de la Orden en el seno del movimiento Ecuménico, las exigencias de un diálogo teológico y de un trabajo activo estarán siempre presentes. Las dificultades, y en ciertos lugares, hasta la hostilidad emerge sobre el plano teorético o el existencial de nuestro encuentro con las otras iglesias cristianas y comunidades eclesiales. Estas dificultades deben ser contrastadas con la ayuda de la reconciliación y de la purificación de la memoria.

El desafío del ecumenismo necesita una colaboración entre los hermanos com-prometidos en el campo de la reflexión teológica, y aquellos que viven en la so-ciedad en la cual existen diversas tradiciones cristianas. El reciente crecimiento de las sectas que florecen del cristianismo en todas las partes del mundo se debe frecuentemente a las agitaciones políticas y sociales, o en respuesta a la búsqueda de un fuerte sentido de pertenencia; los dominicos debemos tener en cuenta este fenómeno. Aquí, el desafío personal consta en el descubrir la atracción que ejercitan las sectas cristianas sobre muchas personas, y sostener a aquellos que son golpeados por sus efectos. Una respuesta adecuada sería el mejorar la calidad de la vida espiritual y comunitaria de nuestras parroquias y de nuestros ministerios, la calidad de la predicación, de la enseñanza y de la oración litúrgica y de otras formas de trabajo y testimonio cristiano.

 El ecumenismo como misión sin fronteras.

 Vendrán muchos pueblos y dirán: «Vengan, subamos al monte del Señor, al templo del Dios de Jacob, para que nos indique sus caminos y andemos por sus sendas». Isaías 2,3.

 La misión de la Orden fue y debe seguir una misión que va más allá de las fronte-ras. Es responsabilidad de toda la familia dominicana, hombres y mujeres, juntos en la misión actualizar aquel proyecto y activar la misión específica de la Orden en medio del mundo14. El desafío de las confesiones no católicas y otros movimientos religiosos. La pluralidad de las confesiones es un escándalo para creyentes y no creyentes. La riqueza escondida en las diversas tradiciones cristianas son una invitación al diálogo ecuménico y la reconciliación. La reflexión teológica de la Orden, fiel a su tradición, pide responder a este desafío. Con aspectos diversos, la frontera de la Iglesia pasa también por el fenómeno de las nuevas opciones religiosas... No se trata simplemente de denuncia y de anatemas. La primera idea de Domingo fue misionera más allá de las fronteras de la cristiandad. Urgencias inmediatas de la Iglesia le impidieron y su misión se realizó entre los herejes en las fronteras de la Iglesia. De ellos toma modelos de vida evangélica apostólica. Con ellos ha dialogado sin parar. Se ha aproximado a ellos como testigo de su fidelidad y comunión a la Iglesia.

El ecumenismo como criterio para la celebración del jubileo dominicano.

“Porque todos sean una sola cosa. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, sean también ellos en nosotros una sola cosa, para que el mundo crea que tú me has mandado”. Jn 17-21.

Nos alistamos a celebrar en el 2016 el octavo centenario de la confirmación de la Orden de parte del Papa Honorio III. Un jubileo, para el pueblo de Israel era un tiempo de gozo y renovación. «Cuando cada uno de vosotros regresará a su propiedad y cada uno regresará a su familia» (Lv 25-10). Si el jubileo nos invita a regresar a los orígenes de la Orden es –paradoxalmente- para recordarnos del momento fundacional en el que Domingo envía los primeros frailes fuera de su casa, familia o nación, para que encontraran el gozo de la libertad y de la itinerancia. Nuestra movilidad significa más que trasladarnos de un lugar a otro: como discípulos de Cristo, somos enviados a predicar el Evangelio. Solo compar-tiendo la vida de Aquél que enviado del Padre nos da el Espíritu, escogemos la libertad interior que nos hace disponibles a los llamados de nuestros hermanos y hermanas.

Celebrar los ocho siglos de existencia de la Orden de Predicadores no significa tanto conmemorar un aniversario, cuanto proyectarnos con entusiasmo todos juntos, hacia el futuro de nuestro carisma. Creemos que el ministerio de la evan-gelización será para la Iglesia una necesidad el servicio del mundo. Sí, «como son

bellos los pies de los mensajeros que anuncian la paz, que anuncian la buena nueva» (Is 52-7). Dios tiene un proyecto maravilloso para la comunidad humana y nos ha escogido no obstante nuestra debilidad para ser testigos gozoso.

Es este el corazón de esta reflexión que golpea a todos nosotros, monjas, frailes y laicos que en el recorrido del desarrollo del ideal dominicano vivimos el ecu-menismo como desafío, como frontera y en muchos casos como cotidianidad. La celebración del jubileo es una oportunidad para nosotros, en espíritu ecuménico de enriquecernos a “nuevos mundos” en diálogo con la solidaridad y con los ol-vidados, los pobres, las víctimas de la violencia y de la opresión. Debemos llegar a los creyentes de las otras tradiciones y a los no creyentes ofreciendo nuestra compañía en su búsqueda de sentido. Siendo el jubileo la renovación de la misión de la evangelización de la Orden, el ecumenismo como un criterio para la celebración de este mismo exige la petición de un simposio co-organizado de las instituciones académicas puestas bajo la inmediata jurisdicción del Maestro de la Orden, dedicada al anuncio del Evangelio y a sus desafíos ecuménicos en el contexto de la secularización y de la expansión de nuevos movimientos religiosos.

En conclusión, el llamado en esta gran celebración dominicana es a vivir de manera y actitud ecuménica y sobretodo con intensidad la “opción” de Domingo de Guzmán. “Predicar” que significa actualizar el misterio de la encarnación para los hombres y mujeres de hoy

Así pues, la Orden de Predicadores y todos sus miembros y discípulos (religiosos, directivos, docentes, estudiantes, trabajadores, colaboradores, voluntarios, fieles), junto con todos los discípulos de Cristo, basa en el designio de Dios su com-promiso ecuménico de congregar a todos en la unidad. En efecto, «la Iglesia no es una realidad replegada sobre sí misma, sino permanentemente abierta a la dinámica misionera y ecuménica, pues ha sido enviada al mundo para anunciar y testimoniar, actualizar y extender el misterio de comunión que la constituye: a reunir a todos y a todo en Cristo; a ser para todos ‘sacramento inseparable de unidad’». Entonces estamos invitados a vivir este “criterio” la opción ecuménica para celebrar el Jubileo Dominicano 1216-2016.


Palabras clave


Jubileo;Dominicano;Ecuménico

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